El fichaje de un jugador de baloncesto reabre las heridas de una guerra de hace 12 años con más de 500 muertos

Luis Tejo
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El jugador de baloncesto Tornike Shengelia, del Baskonia, llevándose las manos a la cabeza durante un partido.
Tornike Shengelia durante un partido con Baskonia. Foto: Aitor Arrizabalaga / Euroleague Basketball via Getty Images.

Pese a que acaban de proclamarse de forma brillante (y quizás un tanto inesperada) campeones de la liga ACB, los seguidores del Baskonia han terminado esta temporada tan atípica con un regusto un tanto amago. Tornike Shengelia, uno de los jugadores más importantes de la plantilla (no en vano llevaba seis temporadas y las tres últimas había sido capitán), ha decidido abandonar el equipo y marcharse al CSKA de Moscú. El club vitoriano no ha podido impedir que el ala-pívot de 28 años y 2,06 metros de estatura haga las maletas rumbo a la capital rusa.

El fichaje es un golpe muy duro para los azulgranas, que tendrán que ver cómo se recuperan. Pero lo que resultaba difícil de imaginar es que la transacción fuera a degenerar en un conflicto geopolítico de carácter internacional, hasta el punto de que toda una jefa de Estado se haya implicado... para decir que le indigna.

Porque, tal como delata su apellido, Shengelia es nativo de la República de Georgia. Los que fueran buenos estudiantes en las clases de Geografía en el colegio recordarán que esta pequeña nación se encuentra en el Cáucaso, junto a Armenia y Azerbaiyán, y es uno de tantos países que ganaron su independencia tras la disolución de la Unión Soviética en 1991. Por tanto, es vecina y ha tenido mucha relación histórica con Rusia, el coloso que se encuentra justo al norte de sus fronteras.

El problema es que la convivencia entre Georgia y Rusia no siempre ha sido cordial. En los últimos años no solo ha habido enganchones dialécticos entre sus dirigentes, sino que ha llegado a haber guerra abierta entre ellos. El último gran conflicto se remonta a 2008.

Resumiendo mucho, y asumiendo que abundantes detalles importantes pueden quedar sin citar, el detonante es la situación de Osetia del Sur y, en menor medida, Abjasia. Estas dos regiones se hallan en territorio legalmente georgiano y la comunidad internacional reconoce la soberanía del gobierno de Tiflis sobre ellas. Pero están habitadas por grupos étnicos diferenciados que reclaman la independencia.

En verano de aquel año, a modo de represalia por el acercamiento del ejecutivo georgiano a la OTAN, Rusia decidió implicarse activamente en la causa osetia y mandar tropas “pacificadoras”. Georgia reaccionó a la ocupación y los combates duraron un par de semanas, suficientes para causar al menos 500 muertos entre militares y civiles (las cifras varían según la fuente; esta es la estimación más baja). La intervención de la Unión Europea sirvió para alcanzar un alto el fuego. Las zonas en conflicto siguen perteneciendo sobre el papel a Georgia, pero en la práctica el Estado ha dejado de controlarlas y se han convertido en repúblicas independientes, si bien únicamente Rusia y alguno de sus aliados internacionales (como Nicaragua y Venezuela) las aceptan como tales.

La consecuencia más visible es que las relaciones diplomáticas entre Georgia y Rusia están rotas desde aquel momento. Aunque ha habido intentos tímidos de acercamiento desde entonces, Georgia ve a Rusia como un enemigo invasor. Cada cierto tiempo surge la noticia de que se aplican nuevas restricciones a la circulación entre los dos países, o que uno u otro parlamento hacen declaraciones altisonantes contra el rival, o que se bloquea el acceso a sitios de internet rusos desde el sur de la frontera. No hay tiros, pero la tensión permanece.

Por tanto, cualquier gesto amistoso con Rusia es visto en Georgia como una traición. El hecho de que el capitán y gran referente de la selección nacional de baloncesto haya firmado por el club más representativo de Moscú va más allá y entra en la categoría de ultraje. Así lo entiende hasta la presidenta de la República, Salomé Zurabishvili, que no se ha cortado a la hora de decir, a través de su perfil oficial de Facebook, que le parece “triste” e “inaceptable”.

Muchos aficionados georgianos también lo perciben como una injerencia rusa inaceptable y llaman al boicot de los partidos de la selección mientras Shengelia permanezca en ella. Creen que es especialmente hiriente porque, además, el equipo por el que ha fichado, el CSKA, es el representante tradicional de las fuerzas armadas del país de Putin y, para muchos, “una herramienta de propaganda antigeorgiana”. La federación nacional de baloncesto, sin embargo, considera que el compromiso del jugador con su país no se va a ver afectado y ha anunciado que seguirá contando con él.

Es precisamente lo mismo que ha dicho el propio Tornike, que asegura que se sigue considerando georgiano a todos los efectos. “No tengo intención de justificarme. Mi actitud ante mi gente, mi patria, no ha cambiado. Y espero que la de ellos hacia mí tampoco cambien. Solo voy a jugar al baloncesto”, indicó. La prensa rusa también se ha hecho eco del malestar surgido en Georgia, pero cree que durará poco.

Shengelia ha firmado por tres años con el vigente campeón de la Euroliga, aunque en su contrato hay una cláusula que estipula que cada verano tiene la opción de marcharse a Estados Unidos si algún equipo de la NBA le llama. No sería la primera vez que hiciera las Américas; antes del Baskonia ya militó dos campañas en los Brooklyn Nets y una en los Chicago Bulls, con muy poco éxito. Al principio de su carrera ya había estado en España, en el Valencia, donde jugó tanto en el primer equipo como en los juveniles.

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