Van der Poel y el error de ignorar las clásicas durante décadas

Guillermo Ortiz
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SIENA, ITALY - MARCH 06: Egan Arley Bernal Gomez of Colombia and Team INEOS Grenadiers, Wout Van Aert of Belgium and Team Jumbo - Visma, Julian Alaphilippe of France and Team Deceuninck - Quick-Step & Mathieu Van Der Poel of Netherlands and Team Alpecin-Fenix during the Eroica - 15th Strade Bianche 2021, Men's Elite a 184km race from Siena to Siena - Piazza del Campo / Breakaway / Gravel Strokes / Dust / #StradeBianche / on March 06, 2021 in Siena, Italy. (Photo by Tim de Waele/Getty Images)
Foto: Tim de Waele/Getty Images

Los que peinamos canas sabemos que hubo una época en la que el deporte no era "global" y desde luego no estaba al acceso de todos. Se veía lo que se podía y "lo que se podía" coincidía en un porcentaje asombroso de ocasiones con aquello en lo que los deportistas españoles eran competitivos o España era el país anfitrión. Así, por ejemplo, en los ochenta, para la mayoría de niños, adolescentes y adultos, Sean Kelly no era más que el voluntarioso líder del KAS que cada mes de mayo venía a intentar ganar la Vuelta a España sin demasiado éxito hasta que en 1988 se le puso todo de cara. A Moreno Argentin solo le pusimos cara en la Gewiss de Berzin. Giuseppe Saronni era un rostro habitual en las fotos para chapas que se vendían en los quioscos pero tampoco sabíamos muy bien por qué.

Todo se medía según lo que pasara en la Vuelta y el Tour. Un poco menos en el Giro hasta que Induráin decidió saltar el charco mediterráneo y conquistar Italia. Nuestra única referencia como seguidores eran las vueltas de tres semanas y las rondas de cinco o seis días que se disputaban en cada rincón de España como si fueran ferias del ganado: Vuelta a Andalucía, a Murcia, a Galicia, a Asturias, a Castilla y León, a Burgos, a Cataluña... Todas ellas se retransmitían en televisión y seguían el patrón por el que entendíamos el ciclismo: clasificaciones generales, esfuerzos sostenidos durante varios días y etapas de montaña o contrarrelojes que decidían al ganador.

Si a alguien de media edad le preguntan por Gianni Bugno, mencionará los dos podios en el Tour detrás de Miguelón y quizá el Giro que ganó en 1990 de principio a fin. Raro sería que se acordara de la Milán-San Remo de ese año o del Tour de Flandes de 1994. Desde luego, si el aficionado medio tiene un recuerdo de aquellas dos carreras, es porque las ha visto repetidas en YouTube, como tantas otras. El lugar de las clásicas en el imaginario colectivo era prácticamente inexistente -salvo la de San Sebastián, porque se celebraba en España y, de vez en cuando, ganaban españoles- y quizá solo ahora nos estemos dando cuenta de todo lo que nos perdimos, del enorme error que supuso que nuestra formación como aficionados no incluyera la magia de la carrera descontrolada, del esfuerzo explosivo e individual, del todos contra todos donde no existe un mañana.

Las clásicas eran cuestión de bárbaros italianos, belgas, holandeses y franceses. Nada que ver con nuestros cálculos de puertos de tercera y clasificación de la regularidad. Nos perdimos casi por completo a Johan Museeuw -probablemente le recordemos, a él también, con el maillot amarillo del Tour-, a Michele Bartoli, a Gianluca Bortolami... y si nos enganchamos ligeramente a las carreras de Paolo Bettini, Tom Boonen o Fabian Cancellara fue casi por casualidad: justo en su era apareció el primer español en décadas que podía competir con cualquiera en carreras de un día: Óscar Freire. Al rebufo de Freire y después de Alejandro Valverde, las televisiones empezaron a mostrar interés por este tipo de carreras y junto a las televisiones, los aficionados. De repente, la subida al Poggio tenía interés, como lo tenía el Kappelmuur o el muro de Huy.

Muestra de la poca cultura de clásicas que había en nuestro país, quedará para siempre el relativamente corto palmarés de Valverde en este tipo de carreras. Valverde lo tenía todo, absolutamente todo, para haberse llevado al menos cuatro de los cinco monumentos... e incluso podría haber optado a la Roubaix a base de intentarlo e intentarlo. Diecinueve años en la élite dan para mucho ensayo y error. Sin embargo, tanto Alejandro como sus equipos -Kelme y Movistar con sus distintos patrocinadores- siempre pensaron que para ser un ciclista grande de verdad, un hombre reconocido, había que hacerlo bien en las grandes vueltas... y ni siquiera en etapas sueltas de esas grandes vueltas, sino en la general. Se preparaba el año para ver si hacía podio en el Tour cuando podía estar todo el año arrasando y pasando a la historia.

Con Valverde siempre se corre el riesgo de ser injustos porque al fin y al cabo ha ganado cinco veces la Flecha-Valona y cuatro veces la Lieja... pero su potencial daba para más, es imposible no pensar que sacrificó todo eso por la comodidad de lo conocido. Algo parecido pasó con Purito Rodríguez, que al menos se llevó un par de Lombardías. El único "clasicómano" puro que hemos conocido en España al margen de Freire fue Juan Antonio Flecha, un hombre con sus limitaciones pero siempre valiente y empeñado en brillar en las carreras menos agradecidas para un ciclista español: tres veces subió al podio de la París-Roubaix y una al del Tour de Flandes. ¿Alguien se acuerda de eso? Bueno, alguien habrá, pero convengamos en que no es el hombre más popular del mundo... compitiendo en el momento de máximo esplendor del ciclismo español, justo entre la Operación Puerto y el escándalo de la USADA.

Ahora que tenemos un acceso relativamente sencillo a cualquier clásica en cualquier lugar del mundo gracias sobre todo a la cadena Eurosport, nos damos cuenta de todo lo que nos hemos perdido. Cuando vemos a Matthieu Van der Poel esprintar desencadenado en la durísima cuesta que lleva a la meta de Siena en la Strade Bianche; cuando vemos a su rueda a un campeón del mundo como Julien Alaphilippe y a un ganador del Tour como Egan Bernal, entendemos que la belleza de este deporte no requiere de semanas. Una hora, dos horas de competición a todo trapo ya nos emociona y, así, empezamos a valorar a los Wout Van Aert, los Mads Pedersen, los Nikki Terpstra o los Philippe Gilbert sin necesidad de colocarlos en un contexto Vuelta-Giro-Tour.

Incluso nos llena la nostalgia del pasado que no tuvimos. Ese pasado viendo al citado Kelly arrasar en todas las clásicas de marzo a octubre, viendo a Claude Criquelion cayendo en línea de meta a unos metros de su Mundial, a Francesco Moser dominando el pavé tres años seguidos... Nos lo perdimos todo. Y tuvo que ser precioso. Hinault maldiciendo camino de Roubaix, Merckx pegándose con Roger de Vlaeminck cada semana por una carretera belga distinta. Rik Van Looy convirtiéndose en una leyenda que en España apenas nadie conoce. Todo eso, de alguna manera, nos fue arrebatado. Y bien que lo lamentamos ahora, sin que por ello tengamos que dejar de frotarnos las manos ante la primavera inminente, la que casi nos roba el coronavirus en 2020 y vuelve ahora con su esplendor. Disfrutemos como niños.

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