La verdad que esconden las lágrimas de Neymar

Albert Ortega
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LISBON, PORTUGAL - AUGUST 23: Neymar of Paris Saint-Germain looks dejected following his team's defeat in the UEFA Champions League Final match between Paris Saint-Germain and Bayern Munich at Estadio do Sport Lisboa e Benfica on August 23, 2020 in Lisbon, Portugal. (Photo by Michael Regan - UEFA/UEFA via Getty Images)
Neymar llora desconsoladamente en uno de los banquillos de Lisboa. (Foto Michael Regan - UEFA/UEFA via Getty Images)

Atizar a Neymar Júnior se ha convertido en deporte mundial en los últimos años. La piñata de las frustraciones ajenas. El saco de boxeo de a quienes les llega una imagen distorsionada del brasileño donde tan solo se resaltan sus farándulas, chismorreos y demás acciones que poco o nada se relacionan con lo que hace dentro del campo. Una tendencia que se ha venido agravando desde que el astro brasileño dejase el Barça tras encabezar una histórica remontada azulgrana contra el PSG y que, a la mañana siguiente, todas las portadas y los piropos fueran dedicados a Leo Messi.

Marcharse del Camp Nou no solo era legítimo, sino que también era el paso necesario para buscar la gloria como número uno del planeta fútbol. Otro punto distinto a debatir sería si el PSG fue el destino idóneo; una liga sin un gran foco mediático donde al espectador que no sigue la Ligue 1 le llega todo en forma de highlights y no recibe la misma atención que la Liga, la Premier League o la Serie A. Un campeonato con un reguero amplio de potencial imberbe, pero en el que, a su vez, todos saben quién va a tocar plata antes de que empiece a rodar el balón.

El talento siempre está bajo sospecha y Neymar no se escapa. En este sentido, su caso es aún más llamativo. Los que más le critican son los que menos le ven jugar -si es que le ven- y, además, cargan con la mochila llena de prejuicios para lanzarlos en forma de proyectiles a la mínima que el brasileño se tambalea como un funambulista. Es cierto que el ‘10’ parisino no estuvo fino de cara a portería a lo largo de esta fase final, pero no hubo un futbolista más responsable de las victorias ni más comprometido en las derrotas de su equipo.

Ante la Atalanta y el RB Leipzig, Neymar localizó los problemas de su equipo, los identificó, bajó a buscar el balón y hizo que el partido girase a su alrededor. Desde el regate, la generación de ventajas, los pases medidos y la profundidad. Eso es personalidad y grandeza, aunque algunos -como sus partidos-no lo quieran ver. Ante el Bayern de Múnich, jamás huyó de su papel de líder a pesar de los pocos argumentos que sus compañeros le daban para creer en alzar la orejona.

Llorando desconsolado sobre el césped de Lisboa después de perder la final contra el Bayern de Múnich, el líder del PSG mascullaba hacia sus adentros sus ocasiones de gol falladas frente a Manuel Neuer. Tragando dolor y mascando el amargo sabor de la derrota. Mientras, los múltiples detractores del brasileño aprovechaban para cargar contra su actuación y lanzar una artillería de juicios sumarísimos e improperios. Poco importaba que su equipo no le hubiese facilitado las cosas, su entrenador no hallase la manera de nutrirle de balones entre líneas o que su mejor socio en ataque, Kylian Mbappé, se marcara un partido fantasmagórico. La culpa era de Neymar. Como siempre.

Durante estos años, la mala suerte, la sangría de patadas y las lesiones que ha cosechado Neymar nos ha hecho perdernos el máximo potencial de un futbolista histórico. Así, ha jugado parcialmente o tocado el Mundial 2014 de Brasil, el Mundial 2018 de Rusia, la Copa de Europa 2018, la Copa de Europa 2019 y Copa América 2019. El PSG nunca había alcanzado la final de la Champions League en ocho temporadas desde que el jeque realizara su aportación millonaria. Hasta que llegó Neymar y lo consiguiera la primera vez que estuvo sano. No es casualidad ni una moneda de cara a consecuencia del nuevo formato. Es el resultado de tener a uno de los tres mejores jugadores del mundo y al más desequilibrante en tu equipo.

El brasileño no estuvo atinado en la definición ni ante el Bayern de Múnich ni en esta fase final, pero eso no debería tapar el volumen de ocasiones y el arsenal de fútbol que ha gestado para su equipo. Tampoco la demostración de liderazgo frente a un Kylian Mbappé que se encuentra muy cómodo a la sombra del ‘10’. Al brasileño no le ha matado (solo) el poco acierto en área rival en esta final, sino la soledad en el ataque parisino y la falta de cintura de su entrenador para dibujarle el mejor ecosistema posible donde mostrar su torrente de fútbol.

En los próximos días tendremos que leer críticas voraces contra Neymar. “Fue ridículo, no apareció en toda la fase final”, “de nuevo no marcó la diferencia” y la más nostálgica “jamás se tuvo que ir del Barça”. Y es que, a sus 28 años, Neymar ya no solo se enfrenta contra los rivales, las expectativas, la historia y el tiempo; también lo hace contra una opinión pública que vuelca sus frustraciones en su alegría y que solo es feliz cuando el genio brasileño derrama sus lágrimas sobre el césped. Es momento de que sus críticos aprovechen y se regocijen en la derrota, porque Neymar no tardará en volver a levantarse y acercar a su equipo hacia la victoria. Como siempre ha hecho.

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