La realidad material tras el cuento de hadas del Villarreal

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Fernando Roig con gesto serio luciendo la medalla y la camiseta de campeones de la Europa League del Villarreal.
Fernando Roig, dueño del Villarreal. Foto: José Miguel Fernández/NurPhoto via Getty Images.

Entre la incertidumbre y la subjetividad que siempre rodea al mundo del fútbol, este año sí tenemos una certeza absoluta que nadie se atreve a negar. El mayor éxito de la temporada para el balompié español, al menos a nivel internacional, lo ha protagonizado el Villarreal CF. Los amarillos han hecho historia al proclamarse campeones de la Europa League (la antigua Copa de la UEFA, para quienes ya estén en edad de haberse vacunado) tras derrotar a todo un Manchester United en la final disputada el pasado miércoles, que se decidió mediante una tanda de penaltis agónica en la que hubo once lanzamientos por equipo.

El trofeo con el que el plantel de Unai Emery estrena el palmarés de la institución es una gesta histórica por las características de la entidad que lo ha protagonizado. El Villarreal procede de la localidad del mismo nombre (Vila-real en valenciano y oficialmente) situada en la provincia de Castellón, a apenas siete kilómetros de la capital. El último censo indica que viven allí algo más de 50.000 personas, y eso que la urbe ha crecido mucho, llegando a duplicar sus cifras, a partir de la segunda mitad del siglo XX y el desarrollo de la industria cerámica que hoy hasta da nombre al antiguo estadio del Madrigal.

Villarreal puede presumir de ser el lugar más pequeño que jamás haya ganado una competición europea. El Villarreal es un equipo de pueblo, el representante modestísimo de un rincón perdido en el mapa, que, con mucho esfuerzo, ha sido capaz no solo de plantar cara a los gigantes habituales, sino de derrotarlos. Representa el cuento de David contra Goliat que, por una vez, sale bien y todo. Ese es, al menos, el relato que se está vendiendo en los últimos días.

¿Se ajusta a la realidad? Digamos que es, como mínimo, bastante discutible. Porque es cierto que viene de donde viene y que ha trepado a la gloria desde las catacumbas del infrafútbol (en 1990 jugaba en Tercera División), pero el Villarreal no es un club "de pueblo" en el mismo sentido en que lo es, por ejemplo, el Eibar, o que lo fue en su momento el Extremadura de Almendralejo, quienes, con recursos muy limitados como consecuencia de su escasa masa social, consiguieron plantarse en Primera. Para encontrar símiles más adecuados al caso del Submarino Amarillo habría que marcharse a Alemania y comparar con el Hoffenheim del magnate Dietmar Hopp o, en menor medida, el Leipzig de Red Bull.

Hinchas del Villarreal celebrando el título de la Europa League en las calles de la localidad.
Hinchas del Villarreal celebrando el título en las calles de la localidad. Foto: M. J. Segovia / AFP7 via Getty Images.

Porque no se entiende la dimensión actual del Villarreal sin tener siempre en mente el nombre de Fernando Roig. Este hombre de negocios, accionista mayoritario del club, procede de una familia originaria de la ciudad de Valencia (concretamente del barrio de Poble Nou) que es conocidísima en el mundo empresarial no solo local, sino también nacional. Entre él y sus hermanos Juan y Francisco (quien, en los '90, llegó a ser durante un tiempo máximo mandatario del Valencia CF) controlan compañías de renombre como la cadena de supermercados Mercadona, que a estas alturas de película no necesita presentación, o el fabricante de productos cerámicos Pamesa. Si eres seguidor del baloncesto esta marca te sonará, aparte de por el liderazgo que ostenta en su propio sector, porque durante mucho tiempo fue patrocinadora principal del Valencia Basket, equipo que también está en manos de la familia Roig.

¿Qué vinculación tenían los Roig con Villarreal y su equipo? Ninguna en absoluto, más allá de que en 1997, cuando el club estaba en Segunda División pero no pasaba de ser un cuadro de mitad de la tabla que bastante tenía con mantenerse, Fernando vio la oportunidad de negocio y le adquirió la Sociedad Anónima Deportiva al anterior presidente por 72 millones de pesetas de entonces (algo más de 430.000 euros, sin tener en cuenta la inflación). Fue el Villarreal como podría haber sido otro: no es que los Roig tuvieran ninguna relación o cariño especial por el pueblo, sino que simplemente surgió allí.

Luego, claro, no basta con comprarse el juguete: también hay que saber gestionarlo. Y en eso hay que reconocerle el mérito a Fernando. Apenas un año después de la adquisición ya consiguió el mayor hito histórico de la entidad hasta ese momento: subirla a Primera, al derrotar al Compostela en la eliminatoria de promoción. Duró un año, pero enseguida volvió a ascender y desde el año 2000 se consolidó en la máxima categoría. 

Así, gracias a una política de fichajes muy acertada, fue logrando éxitos notables. Se clasificó varias veces para la Copa de la UEFA (a menudo vía Intertoto) y contrató jugadores de gran calidad como Juan Román Riquelme, Martín Palermo, Diego Forlán, Diego Godín, Santi Cazorla, José Manuel Reina o Marcos Senna, además de técnicos de prestigio como Manuel Pellegrini. De esa manera llegaron hitos deportivos como el subcampeonato en la Liga de 2009 y varias clasificaciones para la Champions League, incluyendo la tan recordada semifinal perdida en 2006.

El portero Jens Lehmann para un penalti tirado por Juan Román Riquelme
Hasta ahora, las semifinales de la Champions de 2006, recordadas por el penalti que falló Riquelme, eran el mayor hito en la historia del Villarreal. Foto: Stuart MacFarlane/Arsenal FC via Getty Images.

Gracias a su innegable habilidad empresarial, a la fortuna familiar y al dinero obtenido como consecuencia del rendimiento deportivo, Roig ha conseguido consolidar a un equipo sin tradición y sin masa social que le respalde entre los grandes del continente. Salvo un paréntesis mínimo en la 2012/13 que vio a los groguets caer de nuevo a Segunda pero recuperarse en seguida, el Villarreal es ya un referente indiscutible del fútbol español. Y además, ahora presume de que no solamente crece a golpe de talonario, sino que tiene su propia cantera de donde extraer diamantes con los que abastecerse. Que eso siempre es un plus de cara, además, a captar a la hinchada de las poblaciones de su entorno, históricamente más afín al Club Deportivo Castellón, el equipo de referencia en la gran ciudad vecina que sigue siendo popular aunque sobre el césped esté venido a menos.

Recoge el diario El País el nada disimulado orgullo que siente el director deportivo del club, José Manuel Llaneza, por el hecho de que casi una decena de jugadores de la plantilla actual hayan salido directamente de Miralcamp, un complejo de 80.000 metros cuadrados con nueve campos de fútbol y una residencia en régimen de pensión completa para los jóvenes que integran los equipos de categorías inferiores, y que algún otro más de los ganadores de la Europa League haya hecho el viaje de ida y vuelta desde las categorías inferiores amarillas a otros equipos para reintegrarse, ya consolidados como figuras, en la plantilla de Emery. El caso paradigmático es el de Pau Torres, muchacho de 24 años nacido y criado en la misma Villarreal que está cumpliendo el sueño de triunfar con el equipo de su pueblo.

Pero Pau es la excepción. Como, por otra parte, cabía esperar: recordemos que Villarreal es un lugar pequeño y, por pura demografía, da para lo que da. Otros canteranos vinieron de jóvenes procedentes de lugares más o menos exóticos. Cabe destacar a los capitanes actuales del primer equipo: Mario Gaspar (alicantino de Novelda) y Manu Trigueros, natural de Talavera de la Reina, en Toledo. Entre los nombres importantes también se puede citar a Gerard Moreno (barcelonés), Moi Gómez (también de Alicante, concretamente de Rojales), Alfonso Pedraza (cordobés), Fer Niño (gaditano de Rota), Yéremi Pino (canario de Las Palmas), Dani Raba (santanderino) y hasta el nigeriano Samu Chukwueze. 

La mayoría de estos casos no son, como podría pensarse, jovenzuelos nacidos lejos pero emigrados con sus familias a Villarreal o alrededores en su más tierna infancia, ni mucho menos. Suele tratarse de perlas de otras academias de España o de otros lugares del mundo, detectados por el equipo de ojeadores e importados a base de billetes para meterse en la plantilla juvenil o directamente en el filial en 2ª B. Un ejemplo: el mismo Chukwueze costó medio millón de euros, abonados a una escuela de fútbol en su ciudad natal de Umuahia, al sureste del país, cuando tenía 18 años. Otro: ese mismo medio millón de euros se abonó al Zaragoza por la contratación de Álex Millán y Manu Morlanes. Hablamos de cifras significativas que Roig no tuvo problemas en desembolsar... por futbolistas en edad juvenil.

Manu Trigueros, Gerard Moreno y Samu Chukwueze corriendo para celebrar un gol.
De derecha a izquierda, Manu Trigueros, Gerard Moreno y Samu Chukwueze, jugadores pasados por la cantera del Villarreal, celebrando un gol de su equipo en la semifinal de la Europa League contra el Arsenal. Foto: Xisco Navarro/SOPA Images/LightRocket via Getty Images.

Más: Manu Trigueros, que en 2010 tenía 18 años y militaba en el filial del Murcia en 2ª B, se fue al Villarreal pactando que a los pimentoneros se les pagarían 100.000 euros si el jugador superaba los 15 partidos con el primer equipo, cifra superada con creces. El mismo capitán Mario Gaspar formó parte allá por 2007 de un lote de 16 chicos de entre 14 y 18 años que los amarillos compraron por dos millones al Albacete, incluyendo la base de la plantilla juvenil que fue campeona de copa y subcampeona de liga. O la más reciente: para el filial, hace apenas unos meses, se incorporó a un muchacho semidesconocido francés, de nombre Haissem Hassan, procedente del Châteauroux, con un coste estimado de dos millones: esa cantidad es superior al presupuesto total de alguno de los rivales en la categoría. 

Fichar gente para la cantera no es ilegal, lo hace todo el mundo, es un recurso tan legítimo como cualquier otro, se puede alegar. No falta razón. Es una manera perfectamente válida de prosperar, y probablemente en un sitio de Villarreal, donde no se puede depender del talento autóctono no por falta de calidad, sino de cantidad, no quede más remedio que recurrir a este sistema. Porque además, por buena que sea la materia prima que se compra, al final hay que terminar de pulirla para que llegue a ser de primer nivel y no se pierda por el camino, y esa tarea tampoco es nada fácil.

Pero tampoco pasa nada por reconocerlo. Intentar vender el cuento del equipo humilde, de pueblo, que se ha hecho un hueco entre los transatlánticos, obviando el colchón financiero descomunal que tiene detrás, es muy poco creíble. Sin embargo, desde los despachos de los Roig se empeñan en vender el discurso contrario. E incluso en ocasiones se presentan como víctimas. No faltan ejemplos en la hemeroteca de la directiva amarilla quejándose porque otros equipos les han "robado" canteranos.

Más allá de las formas, en las que Roig puede tener razón en lo referente a "tocar" muchachos con contrato en vigor o pagar lo que proceda por el traspaso (aunque a veces sea el propio club castellonense el que protagonice maniobras de dudosa ética, como en el fichaje de Yéremi Pino, estrella del cadete de Las Palmas que se dio a conocer en un torneo con la selección autonómica y aprovechó un resquicio en la normativa para irse gratis aceptando una oferta imposible de igualar) lo cierto e indiscutible es que el Villarreal ha construido su éxito a base de puro poderío económico. Es fútbol moderno en todo su esplendor, respetable y digno de aplauso porque no deja de tener mérito manejar bien la tesorería, pero sin un ápice de romanticismo en su historia. Tratar de contarlo de otra manera es construir un artificio tan bonito y heroico como engañoso.

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