La continua superioridad moral puede ser un camino peligroso para Xavi Hernández

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Xavi Hernández se mostró demasiado satisfecho tras la derrota de su equipo contra el Real Madrid en la Supercopa. Foto: Fran Santiago/Getty Images
Xavi Hernández se mostró demasiado satisfecho tras la derrota de su equipo contra el Real Madrid en la Supercopa. Foto: Fran Santiago/Getty Images

A mí me gusta mucho Xavi Hernández. Lo digo desde el principio para que suelten los cuchillos o al menos los bajen. Lo he disfrutado como jugador en el Barcelona y en la selección española. Me ha hecho inmensamente feliz y cree en un tipo de juego que a mí me apasiona. Dicho esto, tengo suficiente edad como para entender que lo que a mí me apasiona no tiene por qué ser lo mejor y desde luego no lo mejor de un modo universal. Suficiente edad para entender que hay infinitas maneras de jugar a un juego y que elegir una sobre otra no implica en ningún caso una superioridad intrínseca, solamente una elección en la que te sientes cómodo.

En ese sentido, las palabras de Xavi tras el partido de ayer contra el Real Madrid en la Supercopa de Arabia Saudí tuvieron un punto chocante. También lo tuvo la reacción generalizada de la prensa barcelonista y no barcelonista. Durante años, este tipo de torneos se habían utilizado para "salvar temporadas" cuando las cosas se torcían. De repente, una victoria en la Supercopa o en un derbi en la jornada 31, se convertían en tal acontecimiento que tapaba todo lo sucedido con antelación. En los equipos grandes, eso sí, suelen ser ansiolíticos muy fugaces: por ejemplo, el año pasado -nadie lo recordará- Koeman ganó la Copa del Rey y todos coincidieron en que, con esa victoria, se había ganado un cierto crédito. A los dos meses, ya estaba de nuevo en el disparadero. A los seis, en la calle.

Lo que me cuesta más recordar es que "competir", sin más, bastara para calmar los ánimos. Básicamente, el barcelonismo está satisfecho porque ayer no le golearon. Porque perdió, sí, en semifinales de una competición absurda, pero perdió por poco. ¡Incluso llegó a pensar que podía ganar! Desde luego, el Barcelona tuvo tramos de buen juego, normalmente cuando se vio con la espada contra la pared. Jugó mejor que en otros momentos de la temporada y es de imaginar que irá jugando mejor aún conforme recupere jugadores. No olvidemos, en cualquier caso, que ayer salió con cuatro titulares de la selección española, más Ter Stegen, Frenkie de Jong o Ronald Araujo. No es un equipo descomunal, pero es un buen equipo. Como mínimo, a un partido, debería ser competitivo.

Xavi fue de los que más lo celebró: "Fuimos mejores que el Real Madrid..." afirmó eufórico después de haber perdido con el Real Madrid "... aunque no supimos parar sus transiciones". No entiendo las dos cosas juntas. ¿Cómo puedes ser mejor que un equipo que ha podido hacer a placer lo que pretendía hacer desde el principio, lo ha hecho con éxito y te ha acabado ganando, con momentos en los que se mascaba la goleada? Tendría sentido comparar tu equipo con otras versiones, pero comparar tu equipo con el equipo que te ha ganado y decidir que has jugado mejor simplemente porque el otro equipo no ha jugado como a ti te gusta jugar indica una superioridad moral que no sé si lleva a nadie muy lejos.

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La propia lectura del partido -muy extendida más allá de Xavi- es perversa. Viene a decirse: si quitamos los treinta y cinco minutos en los que el Madrid fue muy superior, eliminamos aquellas jugadas -transiciones, etc.- que no nos parecen dignas y entendemos que los goles ajenos no tienen suficiente mérito -no como los nuestros- o parten de errores nuestros fácilmente solucionables... entonces, hemos jugado mejor. Todo eso lo resumía Claudio Ranieri con una frase que prefiero no reproducir aquí pero que pueden buscar en internet y que va sobre abuelos y abuelas.

No es justo para el Barcelona ni para sus aficionados hacer esos análisis del partido. El fútbol no admite recortes. Se juega durante noventa minutos y es un juego de acción y reacción. No puedo olvidar todo lo que he hecho mal o todo lo que he dejado hacer bien al rival, encerrarme en mis veinte minutos de gloria y hacer de esos veinte minutos la esencia de los cien restantes. El Barcelona no fue mejor que el Real Madrid. No lo fue casi en ningún momento del partido. Y no pasa nada, porque nadie esperaba que lo fuera. Porque el Madrid lidera la liga y el Barcelona es sexto a diecisiete puntos después de una sola vuelta.

El camino del Barcelona es el de la mejora y esa mejora requiere humildad. Requiere trabajar el juego propio y vigilar cómo neutralizar el ajeno. Buscar maneras de parar al rival, estudiarlo y no dejarle hacer lo que quiera. El método Guardiola, vaya, si es que no hace falta irse tan lejos. Desde el balón, no solo dar sensación de superioridad, sino organizar al equipo defensivamente ante una posible pérdida y ensanchar el campo todo lo posible. ¿De qué sirve insistir en que Dembélé es el mejor jugador del mundo en su posición cuando no es verdad? ¿De qué sirve vender el fichaje de Alves como una esperanza de futuro cuando es un parche que no está ya para recuperar en defensa todo lo que deja atrás cuando se lanza al ataque?

El Barcelona puede venderse a sí mismo ilusión. Lo necesita, sin duda. Pero no está en condiciones de regodearse ante los demás y mucho menos en la derrota. No estamos en 2009 ni en 2011 ni siquiera en 2015. El partido no acabó 5-0, ni 2-6 ni 0-4. La única razón por la que la afición del Barcelona está contenta tras perder en semifinales del torneo más accesible del año es porque, tras los treinta primeros minutos, pensaban que aquello iba a ser una humillación. Entre "ser humillado" y "ser mejor" hay un abismo. En ese abismo hay que aprender a bailar y ese es el trabajo de Xavi. Lanzarse eufórico al pensamiento mágico no parece buena idea.

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